Encuentros con la locura y la muerte.

Ro:

Hoy hice una carta para alguien que quiero, y de pronto me di cuenta de que no me hice nunca el tiempo para decirte cuán orgullosa me sentía de ti, cuán valiente me parecía que a pesar de todo hubieras abrazado lo que tú eras: un ser alegre, sensible, capaz de dar y recibir amor sin prejuicios. Dí por hecho que ya tendríamos tiempo de vernos por aquí o por allá, y podría abrazarte y me contarías un chiste y nos reiríamos juntos: eso, que una da la vida por hecho. 

Yo no sé pensar en eso de que estás en un lugar mejor, nunca aprendí. Tampoco sé llorar por tu muerte: no te ofendas, no es personal. Soy una sensible que llora por todo, pero a mis muertos no sé llorarlos, nunca he podido. Ha de ser que no soporto las pérdidas, así que dentro de mí no se mueren, solo viven lejos, como tanta gente querida, y me hago una extraña ilusión de que les veré de nuevo algún día, en alguna parte.

Así que lo que me queda, es la vida. Es el tiempo que pasamos juntos, los fines de semana en el pueblo, tu risa, tu abrazo siempre pronto y cariñoso, estas ganas de escribirte aunque solo tenga sentido para mí. 

Mientras mi madre se sentaba junto a mí, ella en Chiapas y yo en Querétaro, y me contaba de ti, el que se sentó junto a mí fue un hombre que está loco. Yo siempre huyo de él, porque a pesar de lo que todos dicen, a mí la locura sí me da miedo. Pero ayer corté la llamada, tristísima por ti, y decidí quedarme y platicar con este hombre. 

Él me contó que tiene un departamento, y que vive solo porque es independiente y tiene un trabajo: él trabaja de loco. Escribe cuentos, toma pastillas y recibe el mecenazgo de su madre. Así dijo él. Y después dijo que trabajar de loco es la libertad. Y que las pastillas, están bien chidas. Ya no supe de qué pastillas hablaba. Todo lo que decía se mezclaba con continuas invitaciones a su departamento, donde vive solo y organiza fiestas. No logré saber si tenía fiestas muy seguido, pero me parece que no. Al final me contó que la locura para él es una mujer pelirroja llamada Nereida que conoció en una Casa Azul. No supe si cuando me lo dijo estaba cumpliendo con su trabajo o no.

Mientras caminaba a mi casa pensaba en su locura, y en que este hombre es lo suficientemente cuerdo para saber que está loco, y por primera vez me pregunté si verdaderamente se sentía libre, si podría ser feliz una persona que no puede controlar su pensamiento (aunque capaz que él sí puede, ¿cómo saber?) y que yo no sé ni entiendo nada ni de la locura, ni de la muerte. 

Y que tampoco entenderé nunca mi tristeza sin llanto y sin "un lugar mejor". 
Pero entiendo que tu vida fue feliz, porque decidiste que así fuera, y decido pues que la muerte sea eso: un recordatorio de vida, una oportunidad para abrazar, para sentir, para ser vulnerable y dejarse cuidar un poco. 




   

Comentarios