Y la danza, ¿qué?



Leo. Marcho. Me indigno. Transito entre el pesimismo absoluto de pensar que ya nada tiene remedio y la débil lucecita de la esperanza frente a tanta y tanta gente indignada, marchando y leyendo, como yo.
Observo a los artistas, me observo a mí, observo la danza. Leo al escritor, actor y director de escena Rubén Ortiz y su "anotación" al teatro formal; leo a Jou en Fluir, revista de danza contemporánea, y su pregunta final a propósito de Ayotzinapa y la gala de solos: “En la danza, ¿a quién le importa?”
Pienso inmediatamente en el Primer Encuentro Nacional de Danza o en el reciente Territorios del Arte, en lo escrito, comentado y compartido respecto a la violencia y la misoginia de las propuestas (sí, generalizo aunque hubiera excepciones), algunas bajo la etiqueta de la denuncia, otras simplemente puestas desde la inconsciencia. Somos, pues, el reflejo de este país en el que vivimos, en el que se mata, se viola, se secuestra cada día. Somos, pues, resultado de una subcultura de la corrupción y del machismo. ¿Tocamos la violencia? ¿Vivimos cerca de esos entornos terribles? ¿Tendríamos que tocar y vivir la violencia para hablar de las realidades múltiples y diversas? ¿O sólo reproducimos las imágenes de la televisión, de los periódicos, de la Internet, lo que creemos entender de la violencia? ¿Hablamos de nuestra propia violencia o de la violencia de los otros?
Leo: “Nosotras no somos Ayotzinapa”. Y pienso con coraje que Ayotzinapa también es resultado de la lógica machista que mamamos los mexicanos, que parece que tenemos adherida a los huesos: “Te mato porque puedo, porque quiero. Nomás.” Pienso que el reclamo feminista es en este momento más urgente y necesario que nunca, pero siento también, claro y fuerte, que cuando marcho con otros muchos, marcho, sí, por los 43 normalistas secuestrados, pero también por las mujeres desaparecidas en Querétaro, en el país; marcho por las tierras despojadas a la gente y vendidas a las trasnacionales, por el saqueo que vivimos día a día los mexicanos; marcho por el derecho fundamental de estar en desacuerdo.
¿Y mi danza qué?, me pregunto en cada marcha o en cada pequeña acción de la que soy parte: AQUÍ, en la famosamente "conservadora" ciudad en la que vivo. ¿Dónde están los artistas? ¿Qué piensan de los feminicidios, de la violencia, de los muertos? ¿Marchan?¿No marchan? Entonces, ¿qué hacen? ¿Dan funciones? ¿Les es eso suficiente? ¿Nos es eso suficiente? Lo pregunto sin malicia, más con el deseo de alguna respuesta que de una confrontación directa. 
*Este texto se encuentra publicado en El Presente: http://elpresente.net/2014/10/y-la-danza-que/



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